Colombia, un país lleno de gente amable y alegre, de maravillosos paisajes naturales y colmado de contrastes. Un país con una gran tradición y un vasto acervo cultural.

Cuando se habla de Colombia inmediatamente vienen a la mente cosas como: esmeraldas, café, arepas, aguardiente, vallenato, salsa, cumbia, rumba, fiesta y alegría. Sin embargo existen muchas otras facetas de este país que no son muy conocidas, tal es el caso de su historia y su patrimonio cultural.

Desde hace varios años he tenido la oportunidad de visitar este gran país. La primera ocasión que estuve en Colombia fue en el año 2001. Ese primer viaje fue a Bogotá y posteriormente tuve la oportunidad de visitar también Medellín.

Desde mi primer visita a Bogotá quedé fascinado con esa ciudad tan cosmopolita y vertiginosa que desde mi punto de vista, refleja fielmente todo lo que Colombia tiene para ofrecer. En múltiples ocasiones regresé a esta ciudad por diferentes motivos, pero es hasta el año pasado que decidí hacer de mi visita una experiencia fotográfica pero diferente. No me interesaba capturar la Bogotá moderna, no, yo quería capturar otra cara de la ciudad una cara más auténtica y por eso me propuse conocer la faceta cultural e histórica de la ciudad. Esta es la experiencia que hoy quiero compartir con ustedes.

Para lograr mi objetivo la jornada debía de comenzar en el centro de la ciudad y fue por ello que le indiqué al chofer del taxi que me llevara directo al barrio de La Candelaria a la Calle 11 con cuarta, es decir, directamente al Museo de Botero que oficialmente se llama Museo del Banco de la República ubicado en el corazón de la ciudad.

En esta dirección se encuentran tanto el Museo de Botero como el Museo de la Casa de la Monda. Son dos casonas contiguas de la época colonial que están interconectadas para proporcionar una visita completa a los turistas.

Al terminar mi recorrido por este museo salgo a la misma Calle 11 y me dispongo a caminar hacia el oriente hasta llegar a la Plaza Bolívar, que es la plaza principal de Bogotá y que alberga a los edificios más importantes de la ciudad: el Palacio de Justicia, al sur el Capitolio Nacional, al oriente la Catedral Primada de Colombia, la Casa del Cabildo Eclesiástico, la Capilla del Sagrario y el Palacio Arzobispal y al occidente el Palacio Liévano, sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá, y al suroriente el Colegio Mayor de San Bartolomé (Bogotá) de los jesuitas.

La siguiente parada en mi recorrido es el Museo del Oro, para ello desde la Plaza Bolívar camino por una de las avenidas principales de Bogotá, la Calle 7a, misma que desde el año pasado fue convertida en calle peatonal en el centro. Después de caminar unas cuadras llego a mi destino.

El Museo del Oro de Colombia alberga la colección de artefactos de oro pre-colombinos más grande del mundo. Cuenta con tres niveles donde se puede observar la colección de artefactos de oro, además de artículos de cerámica y tela.

Al salir del Museo del Oro sigo caminando por la Calle 7a. observando la vida cotidiana de los rolos (término que define a las personas originarias de Bogotá). Durante mi caminata veo infinidad de talentosos artistas callejeros; “el show del rebusque” como dice mi mejor amiga colombiana. Al cabo de caminar unos veinte minutos arribo a mi siguiente destino: el Museo Nacional de Arte de Colombia.

El Museo Nacional es el museo más antiguo de Colombia. Su acervo se divide en cuatro colecciones: arte, historia, arqueología y etnografía. Su colección de arte colombiano, latinoamericano y europeo incluye pinturas, dibujos, grabados, esculturas, instalaciones y artes decorativas desde el período colonial hasta la actualidad. Su inmueble fue originalmente la penitenciaría del panóptico, siendo su arquitecto el danés Thomas Reed.

Recorrer este museo es una verdadera delicia. Además de la colección de arte el edificio en sí es una obra de arte arquitectónica. Sus salas de exhibición envuelven al visitante en un ambiente único que transporta en el tiempo y en ocasiones hasta parece escucharse el sonido ambiental de esa época al observar algunas de las pinturas y dibujos que ahí exhiben.

Al terminar mi recorrido por el Museo Nacional, el cual fue más rápido de lo previsto pues un par de alas del museo se encontraban cerradas, decido emprender el camino hacia el norte de la ciudad para visitar el barrio de Usaquén.

El barrio de Usaquén es una parte del norte de la ciudad que ha conservado su esencia colonial a pesar de estar ubicado en una de las áreas más modernas de Bogotá, rodeado de grandes edificios de acero y cristal que albergan varias de las empresas más importantes del país.

Además del atractivo colonial del barrio de Usaquén otro de sus encantos es su oferta culinaria, pues es una de las áreas de la ciudad con una alta densidad de restaurantes. Es allí donde en compañía de dos de mis mejores amigos bogotanos disfruto de una deliciosa comida y un buen vino tinto.

Para finalizar mi jornada en la bella Bogotá, después de cenar nos disponemos a ir al cerro de Monserrate para visitar la iglesia del Señor Caído que data del siglo XVII y también para despedirnos del día con una maravillosa vista nocturna de la hermosa y vibrante Santa Fe de Bogotá.

Hoy puedo decir orgullosamente que soy chilango por nacimiento y rolo por adopción.

¡Hasta la próxima!